El martes, cinco presos preventivos de la prisión de Soto del Real se levantaron al alba. Se asearon. Desayunaron el rancho penitenciario. Se pusieron su mejor traje planchado por algún colega destinado en la lavandería. Se montaron en un furgón policial que se sumó a la caravana de curritos que entra a Madrid en hora punta. Ocuparon cuatro escaños del Congreso y uno del Senado en la sesión de apertura de la XIII Legislatura y salieron oficialmente reconocidos como diputados y senador del Reino de España para volver a la trena a tiempo de cenar y acostarse. Ayer siguieron idénticos pasos y parecido viaje al Tribunal Supremo, donde llevan cuatro meses siendo juzgados por gravísimos delitos contra la Constitución que juraron la víspera. De la cárcel al escaño al banquillo en 24 horas, y no es una película.

Sobre la obra, milagros, delitos y faltas de los presidiarios está casi todo escrito. Lo que no lo está es lo que les pasa por la cabeza. Viéndoles las caras —ora divertidas, ora tristes, ora extraviadas— parecían niños de excursión vigilada en el mismo parque temático del que formaban parte hasta que se autoexpulsaron. Abducidos como adictos con mono por los móviles que les prestaban sus compañeros. Buscando contacto visual con todo el que se les cruzaba, como pidiendo ser reconocidos como uno de los suyos aunque fuera para despreciarlos. Pidiendo atención por acción u omisión como piden todos los príncipes destronados. Se me dirá que todo es estrategia, hoja de ruta, falsa revolución de las sonrisas, etcétera. Y lo es, seguro. Pero una cosa no quita la otra. El lunes, los senadores de ERC le regalaron a Raül Romeva un terno para que lo estrenara el día de su jura. Me imagino ese terno de padre de la patria y acusado del Supremo, y los de los otros cuatro, colgados junto al chándal y el pijama en la taquilla del maco y me pregunto si están cuerdos. Yo no lo estaría.

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