Al amanecer, en las islas del Mediterráneo se levanta una brisa suave que sacude la vegetación provocando una lluvia de flores (de buganvillas, de adelfas, de jazmín, de galán de noche) justo en el mismo momento en el que los turistas más trasnochadores se acuestan después de una noche entera de fiesta. La naturaleza va por un lado y los turistas por otro, o por lo menos algunos turistas.

En la radio, a esa hora, las noticias hablan de desencuentros políticos, de reuniones que se repiten hasta la saciedad —buscando cuadrar un círculo cuya imposibilidad se advierte manifiesta—, de triángulos secretos y de secretos a grandes y gruesas voces, de declaraciones altisonantes y campanudas, pero los veraneantes las oyen como si no fuera con ellos, igual que les pasa con los sonidos del amanecer. Cada vez les queda más lejos la palabrería de los políticos después de un año sufriéndola y lo mismo les pasa con la de los tertulianos. Entre el sonido del mar y la refriega política se quedan con el primero, que volverán a oír cuando se despierten.

Lejos de allí, en las ciudades y pueblos del interior que aún sobreviven a la despoblación y al tedio, los que aún esperan sus vacaciones también empiezan a experimentar esa laxitud que en la conciencia de todos producen la repetición de las noticias y el calor y la esperanza de que ambos queden atrás muy pronto. Con la mente en otro lugar, en otro tiempo diferente, los que aún aguardan sus días de vacaciones se han ido poco a poco distanciando de la realidad ambiente y sumiéndose en un estado de indiferencia que les asemeja a zombis a los que les da ya igual estar vivos que no, todo con tal de que les dejen en paz y no les sigan contando historias que no sean de verano o de ficción. Doce meses escuchando las reales les han saturado hasta el punto de no admitir una historia más, como si sus cerebros fueran estómagos rebosantes de comida, de noticias y más noticias y desmentidos de las noticias que desmentían a las primeras en este caso. Todo tiene un límite y el aguante de los oyentes y los espectadores de televisión, también.

Las vacaciones se inventaron para algo, pero los políticos parecen no saberlo y continúan aturdiéndonos con sus declaraciones, sus idas y venidas, sus reuniones y pactos fallidos, sus vetos y contrapropuestas, pero el personal de a pie lleva tiempo ya que no les escucha, ahíto de tanta palabrería hueca y tanta pose impostada para la galería o para sus seguidores. Mientras ellos gesticulan, la gente ha bajado el sonido ambiente dejando que sean los deseados los que lo sustituyan, esto es, el del arrullo del mar, el de la música de las piscinas, el de la naturaleza, el de los pájaros al atardecer… Pero ellos no se dan cuenta. Acostumbrados a protagonizarlo todo, a ser seguidos a cada paso que den, a sentar cátedra en cada momento y a cada hora, creen que todos seguimos pendientes de ellos cuando la realidad es justo la contraria. Ya nadie les escucha y los pocos que aún lo hacemos ya apenas sí distinguimos sus voces. Ni lo que otros dicen y opinan de ellos. Yo, por ejemplo, desde hace días, cada vez que oigo hablar de Rivera ya no distingo si es que ha negado de nuevo a Vox o su relación con una cantante con la que parece tener problemas de pareja o se trata de la gastroenteritis que le ha obligado a ingresar en un hospital. Al final, es todo lo mismo. Y con este calor, más.

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