Venezuela es un territorio peligroso. No tanto por su grave crisis económica y política que amenaza con terminar en un enfrentamiento armado, sino porque las partes en conflicto y sus seguidores demandan sumisión total a su punto de vista. Cualquier disidencia, por mínima que sea, se paga con una lluvia de insultos y la expulsión del grupo. Un mismo texto puede obrar el milagro de ser calificado de chavista y antichavista de manera simultánea.

En España se trata la información procedente de Venezuela como una cuestión nacional, es decir como un arma arrojadiza. Líderes, partidos, periodistas, opinadores y tuiteros se enredan de manera simple en asuntos complejos que suceden a miles de kilómetros de distancia y que no parecen entender ni vivir en sus carnes. El objetivo no es resolver los problemas, sino descalificar al contrario.

Somos campeones mundiales de las enmiendas a la totalidad. Si no gusta una palabra se descalifica todo el texto, que por lo general no se ha leído y/o entendido. Uno de los argumentos favoritos es insultar al autor y a su medio, dudar de su honorabilidad, sugerir que su criterio está subvencionado por algún poder más o menos oculto. Resulta un sarcasmo que los que actúan por obediencia debida –cobren o no– tengan la extraordinaria capacidad de ver vendidos en todas partes.

¿No es posible aceptar en el discrepante una pizca de razón, algo que nos ayude a corregir una parte, por mínima que sea, de nuestro discurso, a darnos cuenta de algún detalle en el que no habíamos caído? Aquí priman el «prietas las filas» y «el que se mueve no sale en la foto», una de las frases más antidemocráticas que se han dicho en democracia atribuida a Alfonso Guerra.

Sucede mucho en la derecha y en la izquierda. Es fácil opinar e insultar (agazapado en un anónimo tuitero) con tres comidas garantizadas al día y agua potable por derecho natural. Lo jodido es cruzar el puente a la realidad y ver que los prejuicios no funcionan en un planeta basado en la explotación y la injusticia.

Los que se consideran de izquierdas se sienten forzados a defender a Nicolás Maduro y echar la culpa de la situación venezolana –que es de carestía extrema porque las redes de apoyo familiar no dan más de sí—a EEUU y a una conspiración capitalista. Los que se consideran de derechas demonizan a Maduro y alaban la lucha de una oposición que tildan de heroica y democrática, pese a que emplee la violencia, llame a un golpe de Estado todas las semanas y pida una intervención extranjera. Tienen suerte estos opositores de no ser catalanes independentistas.

La doble moral afecta al Código Penal y a los adjetivos. Resulta más fácil llamar dictador a Maduro que al príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman, con quien tenemos negocios. Lo primero sale gratis; lo segundo puede costar millones de euros. ¿Recordamos el caso de las fragatas y las 400 bombas inteligentes?

A una parte de la izquierda –española y europea–, en la que se podría incluir al ex presidente Rodríguez Zapatero, le cuesta aceptar que Maduro y su equipo tienen poco o nada que ver hoy con los valores de la izquierda, por muchos eslóganes revolucionarios que se sepan. Representan un gobierno corrupto que se ha atornillado al poder defendido por una casta militar que protege sus privilegios.

Algo parecido sucede con Daniel Ortega y su vicepresidenta consorte Rosario Murillo, que han derivado en unos vulgares tiranos banderas. El icono de la revolución sandinista –que hace años que dejó de ser revolucionaria para convertirse en negocio privado— perdió el norte definitivo en abril de 2018, tras una protesta contra la reforma de la Seguridad Social. Ortega se sintió amenazado y accionó la palanca de la represión.

En 2018 murieron más de 300 personas, 561 si contamos las de este año. Decenas de miles de nicaragüenses se han visto obligados a dejar su país. Ortega ha cerrado medios de comunicación que considera críticos y encarcelado a decenas de ex compañeros sandinistas. Cualquier atisbo de protesta en Nicaragua se paga con la cárcel o la vida.

No se pueden comparar las crisis de Venezuela y Nicaragua. En el país centroamericano no existe una crisis económica sistémica como la venezolana, que ha devuelto a los más pobres al estatus de la miseria, aunque el deterioro es creciente. Ni está tan dividido: la pugna es entre la mayoría de la sociedad y una pareja de dictadores y su cohorte. Bulle más sandinismo en los nietos de la revolución sandinista que en los Ortega. Venezuela está partida en dos, no hay puentes y nadie parece interesado en construirlos.

Lo he escrito más veces: Maduro no es Chávez. Es algo que cuesta entender pese a tener las claves para una solución pacífica.

El día que el presidente de la Asamblea Nacional, Henry Ramos, que ganó la oposición por casi dos tercios, ordenó retirar el retrato de Chávez cometió un error táctico de bulto. Como lo fue el de los marines en Bagdad en abril de 2003. El soldado que se encaramó a la estatua de Sadam Husein en la plaza del Paraíso, para colocarle el arnés con el que iban a derribar la efigie, colocó en su cuello la bandera de las barras y las estrellas. Después corrigió y la reemplazó por la iraquí, pero el mensaje era claro: no era una liberación, era una ocupación.

En política los gestos y los símbolos son esenciales. Enrique Tierno Galván ordenó dejar el crucifijo que presidía su mesa en el Ayuntamiento de Madrid, el primero de izquierdas desde la II República, porque era el alcalde de todos los madrileños. Tierno era ateo, pero no idiota.

Al retirar el cuadro de Hugo Chávez se transmitía el plan: borrar el chavismo del mapa; lo bueno, lo malo y lo regular. Política de tabla rasa. ¿Así pretenden obtener el apoyo de los chavistas desencantados de Maduro, de los que están hartos de este gobierno, que son legión?

La oposición carece de un discurso integrador. Leopoldo López es el más agresivo. Juan Guaidó trata de interpretar varios personajes a la vez. Henrique Capriles, que procede del universo socialdemócrata, sí tenía ese discurso conciliador, por eso casi derrota a Maduro en las elecciones de 2013, tras la muerte de Hugo Chávez. No es un entusiasta de la línea Guaidó.

Si quiere tener al Ejército de su lado, la oposición debería tener un proyecto de país que incluya algunas recetas del difunto presidente por mucho que corrijan todo lo demás. No parece un buen programa pedir la intervención militar de una superpotencia que ha declarado su interés por el petróleo venezolano.

De entre las mil batallas cruzadas –ríanse de Juego de Tronos—, está la internacional entre Trump y Putin, pese a que Rusia queda muy lejos del tablero físico. Y está China, que es el principal acreedor cuya ideología en este asunto es cobrar sea quien sea presidente.

Maduro no tiene otra salida que negociar y dimitir. La única solución no violenta es la creación de un gobierno transitorio con figuras lo menos contaminadas posibles que pongan en marcha un doble o triple proceso electoral: presidenciales, legislativas y  gobernadurías bajo vigilancia de la ONU y con una empresa escrutadora aceptable por todos. En esas elecciones podría y debería presentarse el chavismo con Maduro o sin, según decidan, y la oposición, unida o por partidos. Lo dijo Capriles y le cayó la bronca. ¿Hablamos de democracia?

En la actual oposición conviven personas de extrema derecha, defensores de la escuela de Chicago, democristianos, socialdemócratas, izquierda varia y siete partidos chavistas que se rompieron en el régimen. Estos son los matices, los grises, que no ven ni quieren ver los más radicalizados.

Los amigos de Venezuela en España y en la UE deberían moverse en estos matices, no en las trincheras. Sucede también en Cataluña. ¿Se trabaja a favor de una solución o en mantener el agravio permanente para disimular la falta de proyecto? Si no tenemos líderes capaces, deberíamos cambiar de líderes. Y de tuiteros ofendiditos. Un poco de humor con la gran Dayna Kurtz.


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