Por Daniel Seixo

"No existe nada más valioso para el pueblo que su espíritu de rebeldía, aquel que guía y alimenta su eterna búsqueda de la justicia social"

Una vez más han pasado de largo las elecciones generales en el estado español y una vez más hemos votado con miedo, tal y como es ya costumbre en la clase obrera. Comenzamos el reinado del miedo tras la muerte del dictador, cuando los ruidos de sable y la sangre fresca de los muertos republicanos nos impidieron recordar el verdadero sacrificio de todos y todas aquellas que murieron por la libertad, por el arte, por defender a una nación del oscuro foso del fascismo que otros muchos, con nombre y apellidos, se habían encargado de alimentar para lograr dar rienda suelta a su insaciable codicia. Olvidamos a Miguel Hernández, Lorca, Durruti o a Benigno Andrade Foucellas, pero también olvidamos con ellos a los miles de milicianos que dieron su vida en el frente, a los fusilados, a los torturados y a todos aquellos, no precisamente pocos, que murieron en salvajes y genocidas bombardeos que nada tenían que ver con una liberación, sino que eran el premeditado y sádico castigo a la libertad, a la inteligencia, a la cultura…

Desde su inicio la democracia en el estado español olía a muerte, a amenaza, a un ligero lavado de cara de unos asesinos que intuían que tras la muerte del genocida dictador, no se podría perpetuar durante mucho más tiempo el silencio temeroso del pueblo. Es cierto que por el camino se consiguió la legalización del PCE -el partido que para muchos significaba junto con los siempre castigados anarquistas e independentistas, la cara más visible de la lucha contra el franquismo– pero la legalización del partido comunista no supuso el perdón al comunismo en España. El pacto social que se había acordado entre las élites progresistas y conservadoras en el estado español, dejaba al margen cualquier tipo de experimentación social fuera del supuesto correcto cauce del capitalismo. Los medios de comunicación y el nuevo discurso político de borrón y cuenta nueva arrinconaron y señalaron como supuesto peligroso sujeto radical a todo posible votante o militante anticapitalista. Una vez más y sin que para nada lo pareciese, el votante en el estado español acudía a las urnas atenazado en cierta medida por el miedo a la iniciativa política popular: a la democracia real. Todavía el recuerdo de la supuesta guerra fratricida era una eficiente amenaza ante la sensación de que había sido Franco y no el franquismo el que había perecido en la cama.

Pero tampoco el miedo a la represión de las instituciones del estado iba a durar para siempre, con la llegada de las instituciones europeas a la ciudad y el boom del ladrillo, el estado español se volvió a sentir parte de Europa, perdió la vergüenza por los crímenes cometidos y soterró definitivamente a los muertos de su Guerra Civil bajo kilómetros de línea férrea de alta velocidad y lujosas autopistas. El ciudadano español seguía sin entender el país que recorría en su automóvil, pero ahora podía no entender nada previó pago de los en aquel entonces no tan alocados peajes. Nadie en aquel momento reparo en que con una transición recorrida bajo un escrupuloso pacto de silencio, el conflicto político, cultural, territorial y ahora también social, heredado de la Guerra Civil, permanecía latente a la espera de que una excusa lo hiciese estallar por cualquiera de sus numerosas costuras. Esto nos llevaría a repetir los peores errores previos a 1936, pero eso es otro tema que trataremos tan solo un poco más adelante.

Aznar lo estaba petando, el Partido Popular había devuelto el glamour y el orgullo a la jet set conservadora y Pedro J., Federico Jiménez Losantos o Alfredo Urdaci se dedicaban a humillar a los socialistas en los medios como tan solo Estados Unidos osó hacer con los comunistas tras situar a Borís Yeltsin al frente del poder absoluto de su antiguo enemigo. El partido de los GAL y la corrupción era un muñeco roto del panorama político español, pero entonces el miedo al terrorismo, el miedo ante las posibles consecuencias de la aventura con Bush en la guerra Irak y su desprecio a las Naciones Unidas, hizo su aparición en campaña de la forma más traumática posible. En el estado español, pero también en gran parte del mundo, los atentados del 11 de septiembre y los posteriores ataques terroristas en suelo europeo supusieron el inicio de una nueva época de pánico en nuestro razonamiento político como clase. El inmediato intento por replegarnos a todos en el Estado español bajo una misma bandera con gran peso ideológico y la amenaza directa del término terrorista si uno no se sometía totalmente a ello, supuso la vuelta como arma del españolismo y sus símbolos a la arena política española. El 11 de septiembre había finiquitado la viabilidad del terrorismo como forma extrema de lucha política aceptable en el seno de la izquierda. En una década marcada por el dolor del terrorismo en nuestras calles y en las calles de tantos puntos del planeta, el tiro en la nuca, el coche bomba o la extorsión armada, no eran justificables para nadie, llegaron a renegar de ella incluso aquellos que antaño habían defendido activamente estas opciones en foros no tan aparentemente radicales como uno pudiese pensar. La respuesta armada en la izquierda y en la derecha política del estado español, es un tabú desde no hace tanto tiempo, por mucho que ahora todos pretendan hacer de la desmemoria la norma.

Resulta necesario perder el miedo a tomar al control, a reclamar lo que nos pertenece como parte vital del engranaje de las diferentes sociedades 

El miedo al fascismo y a la guerra nos había impedido un debate serio y razonable sobre nuestro modelo de estado durante la transición… Tras eso el miedo al terrorismo había impuesto un cese de las hostilidades por una parte del tablero, mientras rápidamente unas normas supuestamente diseñadas para protegernos de una amenaza superior exterior, se habían terminado usando para encarcelar y perseguir a toda disidencia interna… En resumen: el miedo nos había privado totalmente de nuestra libertad de razonamiento político como clase, pero más o menos todavía todas y todos teníamos claro que los puestos de trabajo, nuestro futuro económico y nuestras condiciones materiales tenían que defenderse. Puede que los okupas del carajo o los terroristas esos de la ETA se mereciesen cualquier artimaña democrática con tal de encauzarlos, ¿pero nosotros?, ¿la clase media?, ¿esos que ponen y quitan presidente del Gobierno?

Entonces llegó el definitivo jinete del Apocalipsis liberal y puso fin a todo aquello que ya Margaret Thatcher se había encargado de debilitar: el concepto de clase obrera organizada como amenaza al sistema.

Vale, cierto que ya por aquel entonces no éramos el súmmum de la lucha obrera, nos bastaba con un curro decente, unas condiciones no muy de mierda y un sueldo que no asustase para ninguno de los dos lados. Vamos, lo que viene siendo lo justo para pagar los gastos de todo obrero de a pie, mantener la ilusión de poder pagarnos una casa, un coche nuevo cada cierto tiempo y el engaño de que pagándole los estudios universitarios a nuestros hijos les íbamos a poder asegurar por primera vez en la historia la idea de una existencia pacífica en la que los patrones iban a dejar al fin a un lado la avaricia propia de la dinámica desenfrenada del capitalismo.

El sueño duró poco. Los que manejan todo esto decidieron que el obrero había vivido durante demasiado tiempo por encima de sus posibilidades y que pese a las continuas guerras y el expolió a ese Sur -que en nuestro pacto social entre privilegiados se había llevado la peor parte– resultaba necesario apretarse el cinturón y dejar a un lado esa dinámica entre explotados y explotadores. Casi como por arte de magia –en realidad el proceso tiene nombre y se llama alienación–  la lucha de clases se encontraba difuminada por un torrente de términos, utilizados incluso habitualmente por miembros de una nueva izquierda que curiosamente compartía con la derecha su alergia por el barrio.

Ese nuevo conflicto ascensor –arriba y abajo– de la transversalidad, en ocasiones, parece describir con más precisión la situación geográfica de los barrios que las clases sociales. En su aceptación de la dinámica capitalista del progreso monetario, uno diría que para parte de la nueva izquierda el equilibrio perfecto se encuentra actualmente ni tan abajo para tener que mezclarse diariamente con los barrios que huelen a fábrica y fritanga, ni tan arriba como para tener que sufrir la humillación comparativa de esos barrios prohibitivos en los que reside el auténtico poder. Lo correcto se sitúa por tanto concretamente en un centro ya gentrificado, ese lugar en el que votantes de Podemos, Ciudadanos, PSOE y Partido Popular se pueden encontrar en el gimnasio, el local de moda o el restaurante vegano sin que tengan demasiado problemas como para llegar a las manos a la hora de defender sus privilegios. Incluso aunque votantes de muy diferente espectro político puedan ir totalmente colocados en el pub modernillo de moda, allí lo molesto se aparta o queda demasiado lejos, lo importante es un discurso que venda y ya sabrás tú el grado de moralidad que te interesa conservar de cara a ganar seguidores o ir escalando en el seno de la organización privada o pública a la que pertenezcas. Lo importante para el emprendedor son los resultados propios, no las formas o el bien colectivo.

Y de esta forma hemos acudido durante esta última consulta eterna a las urnas, con el miedo acumulado fruto de los debates de estado mal cerrados tras la Guerra Civil, el miedo al fascismo, el miedo a la crisis económica y ahora también con el miedo a nuestra desaparición como clase social, al total olvido por parte de todas las partes de este gran sistema de poder que conforma el capitalismo. No somos idiotas, puede que muchos lo piensen, pero los proletarios y proletarias que conformamos este pacto social que se ha dado en llamar estado español no somos idiotas. Es cierto que han existido épocas mejores para nosotras, pero todavía tenemos el recuerdo presente de las colectivizaciones previas a la guerra civil, la resistencia de Madrid, cada unas de nuestras huelgas generales o las Marchas de la Dignidad de 2014.

Resulta necesario perder el miedo a actuar como sujetos políticos libres y soberanos, resulta necesario perder el miedo a tomar al control, a reclamar lo que nos pertenece como parte vital del engranaje de las diferentes sociedades que conforman el complejo entramado de estados y poderes políticos en el mundo. Y para poder realizar esto, resulta vital dejar de pensar como pequeñas células con objetivos particulares, necesitamos una nueva visión global de la democracia, un nuevo concepto de clase proletaria que acoja a todas las particularidades de este enorme conjunto político humano, pero necesitamos que lo haga sin perder de vista sus necesarias y enriquecedoras particularidades.

No he dicho en ningún momento que esto sea fácil, ni tan siquiera he llegado a asegurar que esto sea posible, aunque sí lo creo firmemente. En un mundo en el que Amancio Ortega ha podido cimentar el imperio Zara traspasando estados, legislaciones y culturas, resulta necesario que la clase obrera lo enfrente como conjunto global, no como una serie de amenazas inconexas entre ellas. Recordemos la reciente crisis por las criticas desde la izquierda a la aparentemente desinteresada donación de un valioso equipo médico por parte del magnate del textil al estado español…

La lucha de clases se encontraba difuminada por un torrente de términos, utilizados por la nueva izquierda que, curiosamente, compartía con la derecha su alergia por el barrio.

¿No hubiese resultado valioso el apoyo a nuestro argumentario de los sindicatos de las fábricas textiles que Zara subcontrata en el Sudeste Asiático? ¿No podríamos haber puesto en contexto las ventajas económicas y los entramados impositivos de la Industria Textil a nivel global? ¿No podría la izquierda haber organizado una campaña de respuesta de huelgas de consumo, producción y transporte a nivel internacional contra las compañías que conforman una industria todavía cercana en muchos puntos del globo al esclavismo?

Rezaba un cartel republicano durante la Guerra Civil española: “El analfabetismo ciega el espíritu, soldado instrúyete“. Sabían por aquel entonces en la izquierda española que aquello no se trataba solo de vencer la guerra, sino también de vencer al sistema. No puede, ni debe, el miedo atenazar nuestro pensamiento. No existe nada más valioso para el pueblo que su espíritu de rebeldía, aquel que guía y alimenta su eterna búsqueda de la justicia social, no permitamos pues que nada, ni nadie, nos paralice con amenazas, con miedo. En nuestro día a día, volvamos a ser parte política activa de este sistema, volvamos a ser clase social, volvamos a ser intelectualmente guerrilla.


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