Todos nacemos amantes y amorosos, frágiles y desvalidos. Pero la existencia nos empieza a dar, entre la extrañeza y la curiosidad, signos de que la condición humana esconde también un trasfondo caníbal, egoísta e insolidario.

Los amores escasos y verdaderos van siendo lenitivo, en un paisaje inocente, cruel y reconfortante, para seguir adelante cuando toda la especie humana ha iniciado el camino hacia el suicidio colectivo sin dar oportunidad a sus nuevas criaturas.

Tipos indeseables toman el poder azuzando el odio y el miedo a perder los privilegios de quienes han explotado a sus congéneres más indefensos allende los mares y las fronteras. Siguen esquilmando sus riquezas y colonizando su alma para tener una mansión, un jet y un servicio al que explotar.

No quiero aburriros, pero he llegado a la conclusión de que la especie humana no tiene arreglo y que se sucederán las hambrunas y los genocidios mientras nos cargamos nuestra casa común.

Lo que sé del odio es que es el reverso de un amor herido, de la imposibilidad de amar en esta sociedad hipócrita y adoradora de la falaz religión del crecimiento infinito. ¿Pero, como renunciar a volar a reacción todos los años si sale más barato que alquilar una casa rural?

Soy un chico de pueblo que se atrevió a soñar un mundo mejor y solo encontró políticos manipuladores, cobardes y cautivos de las peores empresas del mundo bajo el paraguas de eso que se llama progreso.

Cuanto más conectados nos creemos, sabiendo que estamos entregando lo más íntimo a empresas que solo piensan en su lucro y poder, más alejados estamos. ¡Rompamos los móviles en plaza pública y abracémonos!

Para despedirme, deciros que he odiado mucho y he generado mucho odio hacia mí, lo siento de veras solo era una expresión torpe del amor profundo que profeso a lo mejor de las personas que buscan la comunión con la naturaleza en este mundo y no promesas absurdas de vida eterna en otro mundo que no existe.

Sé mucho de odio, de heridas provocadas por la imposición de poderes sectarios y endogámicos. Pero la satisfacción de haber amado más profundamente de lo que he odiado me acompañará. Solo os pido que no dejéis que manipulen vuestro odios y vuestra sed de justicia y dignidad.
Y que os entreguéis a salvar este precioso y único planeta perdido en la inmensidad de un universo que se desgarra, aunque sea renunciando a vuestros placeres más exclusivos.
Lo que sé del odio es que es estrecho y miserable porque esconde el amor que el más psicópata ha sentido alguna vez, pero que es demasiado cobarde para dejarlo resplandecer.
Alberto Pecharroman Ferrer


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