Cuando empieza a apretar el calor, muchas veces se nos desvanecen hasta los sueños. Si no dormimos es por el calor. Si no soñamos es por el calor. El calor físico se nos mete en el cuerpo y nos produce verdaderos estragos, aunque no demos en la locura. Eso sí, se nos atrofia algo la sesera y nos lanzamos, sin ton ni son, a esas calles que ahora vemos más desiertas debido a la calurosa estación que no tiene la culpa, si se calientan los ánimos. La calima nos acompaña y no nos deja ver claro. La “mirada clara y lejos” se queda más de a mitad de camino. Nuestras miradas son detenidas por las torpezas políticas y por las atrofias sociales. Así se puede clamar y poner el grito en el cielo, pues la tierra también se nos vuelve hostil, cuando se nos viene a nuestro vecindario patrio el Orgullo Gay.

Supongamos que el ambiente está tenso en estos días en que el Orgullo establece plaza, y calle, entre nosotros. Supongamos que podemos hacer la vista gorda y que “el ojo del amo no engorda al caballo” y el orgullo tiene que seguir caminando. Sin embargo ya es demasiado tarde para no saber que las calles son nuestras, de todos, no de un político insigne, y que la visibilidad tiene que ser patente y no patentada por la autoridad competente.

Ya ha pasado a mejor vida aquel dicho de “la acera de enfrente”, porque hemos podido estar acompañados y acompañando a lo largo y, también, a lo ancho de las calles y de las plazas a todos nuestros amigos y amigas, dejando que los prejuicios vayan teniendo menos lugar y también vayan contando con menos tiempo. Es que las calles y las plazas están cambiando igualito, igualito, que lo hacen los tiempos.

Ya nos lo dijo el poeta: “Lo que no tiene lugar / puede que tenga tiempo. / Lo que no tiene tiempo / no puede tener lugar”. Podemos pensar que la utopía y el tiempo pueden hermanarse con el paso del tiempo para hacerse un lugar, pues la historia no se hace solo a costa del tiempo. La historia necesita lugares donde nos debemos encontrar a gusto y no a disgusto.

Los disgustos nos vienen dados por los orgullos que se acicalan de desprecio, por los tiempos que se dedican a los dimes y diretes de los unos y de los otros, de los de antes y de los de ahora, construyendo empalizadas y abriendo fosos, sobre todo para no mojarse y que sean los otros los que se mojen; levantando muros con almenas y saeteras, y no para flechas del amor, en vez de establecer puentes, y que por debajo de los puentes pase la corriente.

Diferente es cuando el orgullo es afectividad con uno mismo y no desafección con los demás, cuando hace la ronda a la autoestima y no tiene que defender su plaza o su fortaleza con flechas envenenadas. El orgullo desatiende la agresividad y establece la asertividad y, por ello, nos hace ponernos en nuestro sitio sin invadir los territorios del otro ni permitir que nos coman nuestro terreno. Por eso también tenemos que acogernos a la empatía, que consiste en ponernos en el lugar del otro, eso sí, sin empujar.

Por otro costado de nuestra afectividad y conocimiento, nos encontramos con los prejuicios, que son fruto de ese sometimiento a lo aprendido y dicho sin pasarlo por ningún tamiz de crítica, sin filtros juiciosos, cuando se ignoran posibles puntos de vista y que pueden constituir un argumentario, a todas luces, bastante opaco y “que va de mano en mano, como la falsa moneda”, aunque esté demasiado manoseado. Así nos encontramos en la tesitura de domésticos “entes de razón sin fundamento en la realidad” como pueden ser tantos y tantos apriorismos como nos rodean y asedian constantemente, tanto de noche como de día.

No nos debe resultar extraño que el Orgullo Gay tenga que salir a la plaza pública, donde antes se ajusticiaba, para hacerse visible y que puedan ser desterrados los prejuicios y no las personas.

Ni orgullo ni prejuicio, envés del título novelesco de todos conocido, porque como decía Jane Austen en boca de un personaje: «Es usted demasiado generosa para burlarse de mí». Es que la generosidad de todos nos podrá liberar de todos nuestros orgullos y prejuicios, y malos entendidos. Y, aunque suene a chiste, nos llenará a todas y todos de verdadera satisfacción.

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José María Barrionuevo Gil es socio de infoLibre


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