Hace muy poco, vimos en TVE la película «El Silencio de otros», un documental que habla sobre la impunidad de los crímenes del franquismo desde la perspectiva de la lucha de la llamada Querella Argentina. La película llegó al Estado Español en otoño de 2018 tras su paso por algunos festivales donde ya fue laureada y sus consecutivos pasos por festivales les ha seguido dando espacio y apoyo hasta conseguir ese premio Goya a primeros de este año. Hay quien le gustará más o menos cinematográficamente la película, y hay quienes incluso piensan que profundiza poco o , todo lo contrario, quienes dicen que gracias a su gran emoción hace llegar al gran público un problema tan profundo y nunca resuelto.

A mí la película me merece un respeto como tal, no la veo muy polémica en el marco de la gran cantidad de documentales que se han hecho, se hacen y se van a seguir haciendo sobre la guerra civil y el franquismo. Lo que sí me ha resultado muy llamativo, que me genera perplejidad, es que el documental apunta directamente a la ley de amnistía de 1977, como parte fundamental de la desmemoria y la impunidad. Un tema tan polémico no ha saltado fuera de la pantalla. No han encendido los debates televisivos. Ni modificada la postura de ningún partido político, porque incluso una leyenda final del documental habla de la moción de censura contra Rajoy y que el actual gobierno (entonces no se había convocado elecciones) sigue luchando por las víctimas. En el Congreso de los Diputados meses antes se había tumbado por el bipartidismo (más sus añadidos), la propuesta de derogación de la ley de amnistía. No es cuanto menos curioso como los temas de memoria se pueden enfocar de tal forma que algunos temas fundamentales no pesan ni sobre aquellos que dictan y gobiernan en su contra.

Si al silencio sobre la ley de amnistía añadimos el otro gran silencio que se ha dado y se sigue dando en las diferentes campañas electorales, me aventuro a decir como Salvador Távora, “Todo ese trabajo que queda por hacer y que alguien tendrá que hacer para restituir a las víctimas”. Me refiero a ese estruendoso silencio sobre las víctimas de la transición, crímenes en su mayoría ejecutados por la ultraderecha en su formato policial, organizativo o militar.

Un 10 de mayo de 1981 asesinaron a Luis Cobo Mier, Luis Montero García y Juan Mañas Morales. Tres jóvenes procedentes de Santander son confundidos con miembros de ETA por la Guardia Civil, son detenidos, y, conscientes del error, son torturados, asesinados, mutilados, rociados con gasolina y quemados. Es de las primeras veces que guardias civiles son condenados a cárcel. Aún así, el gobierno de turno, haciendo uso de los fondos reservados, les indemniza. La masacre es conocida como “Caso Almería”.

Este domingo 12 de mayo, en la curva de la carretera del Gergal, como cada año, sus familiares llevarán flores en el monolito donde se recuerda el lugar donde arrojaron el vehículo con los cuerpos de estos trabajadores, alguno de ellos afiliados a CCOO. Será un acto íntimo, familiares y algunas personas solidarias. Son el hilo de la memoria de una transición sangrienta y tergiversada por la historia oficial. Ya por estos días uno se puede percatar que hay víctimas de diferente categoría, así de putrefacta está nuestra democracia. El gobierno nunca ha reconocido el caso Almería como terrorismo de estado, ni siquiera como víctimas del franquismo.

¿Y en campaña electoral qué se ha dicho de esta parte tan importante de nuestra historia? La contestación está en si tienen tiempo de ver de nuevo los aburridos debates electorales de pantomima y sobreactuación. No escucharán nada. Las únicas víctimas que se han sacado, además para utilizarlas de forma cínica y manipuladora contra otras opciones políticas, son las víctimas de ETA. De nuevo ese corte claro y preciso, de que hay dos tipos de víctimas, como si fueran unos de primera y otros de segunda categoría.

El silencio de los nuestros sería el título perfecto para entender por qué las familias se ven cada vez más lejos de aquellos que se llenan la boca de democracia. Ellos son parte de la lucha democrática y siguen estando silenciados, olvidados, incluso en algunos casos en una doble condición por ser víctimas afiliadas en organizaciones que ya no les recuerdan.

Aunque entre tanto silencio también hay voces solidarias. Muy pronto en Madrid, el próximo 18 de mayo, se la hará un merecido homenaje a Arturo Ruiz, joven granadino asesinado en la calle Estrella en Madrid en 1977, pocos días antes de la matanza de Atocha. Con el nombre de Arturo Ruiz se inaugurará una instalación deportiva del Ayuntamiento de Madrid. Arturo simplemente estaba en una manifestación pro amnistía, curiosamente su asesino se benefició de esa ley para salir de la cárcel. Sus familiares persisten en que la memoria de su hermano, militante de CCOO, no caiga en el olvido, ni su asesinato ni de tantas otras víctimas. De hecho, tanto Manuel como Miguel Ángel, hermano de Arturo, viajamos junto a 70 personas al Parlamento Europeo por invitación del miembro de la Eurocámara Javier Couso, para acompañar a la familia García Caparrós a la exposición de su caso en sede parlamentaria. Poco a poco estamos tejiendo una red de solidaridad que tendrá que hacerse más fuerte en estos tiempos que vienen.

El silencio de los nuestros pesa mucho. Es bastante doloroso para los familiares de las víctimas. Todas tienen momentos de debilidad, de ganas de tirar la toalla, pero siempre vuelve la noble emoción de no dejar atrás a su gente, a su historia.

A día de hoy seguimos esperando que Pedro Sánchez , tal como respondió en una carta de forma positiva, ayude a la familia García Caparrós a desclasificar los papeles de la comisión de investigación del asesinato del 4 de diciembre de 1977. También la asociación SanFermines78 está exigiendo el acceso a la comisión de investigación del joven Germán Rodríguez asesinado en las fiestas de San Fermines de 1978. La desatención es permanente, y queda mucho por andar para ir arrancando la dignificación de las víctimas. Lo que está cada vez más claro que para conseguir la verdad, justicia y reparación de las víctimas de la Transición se hace más necesaria que nunca una colaboración y un contacto mayor entre las diferentes familias. Desde aquí, desde las humildes líneas que escribo, hago un llamamiento a romper el silencio y a unirnos para conseguir que las generaciones más jóvenes defiendan la democracia frente a la ultraderecha asesina.

Joaquín Recio Martínez, editor y vocal de la asociación Manuel José García Caparrós


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