«¿Hay algo en el mundo que esté al abrigo de cambios?»

(Séneca en ‘Cartas a Lucilio’)

 

Los medios de comunicación a menudo sugieren que a la mayoría de los ciudadanos les importa poco las elecciones, que hay un buen número que se abstienen porque simplemente no les interesa, pero cuando estamos ante una cita electoral de calado se observa lo contrario. Las elecciones, el acto de votar y elegir es un momento de emociones enfrentadas, de discusiones familiares, de debates acalorados en los medios y en redes sociales. Las campañas electorales siguen cumpliendo una función mecánica -de carácter simbólico, en palabras de Fernando Vallespín- que cumplen la suerte de rito por el que se devuelve el poder a los ciudadanos cada cuatro años. La publicación del postelectoral de mayo del CIS certifica que en España tres de cada diez votantes deciden su voto durante la campaña electoral o el mismo día de las elecciones. Un dato relativo que solo sitúa en un calendario temporal el momento de la decisión del voto, pero que no establece una causalidad directa entre campaña y decisión de votar. Una cuestión menos estudiada es cómo moviliza el voto una determinada campaña electoral, cuánto afecta a la decisión de votar a uno u otro partido, o si aquella sirvió de estímulo para sacar de la inhibición electoral al abstencionista. Según el CIS, el ritual de mítines, argumentarios y propuestas electorales solo saca de la abstención al 2% de los votantes, un porcentaje que no incluye el efecto reactivo que provoca la campaña en otro 6% aproximadamente del electorado.

La teoría de la elasticidad describe cómo un sólido o un fluido confinado se mueve y deforma como respuesta a fuerzas exteriores. Podemos considerar el proceso de decisión del voto como un proceso elástico afectado por fuerzas exteriores (actores políticos, sociales, prescriptores…) que lo deforman de forma más o menos reversible según su elasticidad. Pero cuánto de elástico puede ser un solo votante, y qué probabilidad de cambiar su voto, o de abstenerse, puede tener ese único votante en un determinado período temporal, puede ser muy complicado de determinar a ese nivel individual, pero es posible parametrizarlo a nivel de conjunto o agregado. En este sentido, el postelectoral de mayo dibuja un mapa de votantes con cuatro cuadrantes bien diferenciados:

 

  • Un 25% de los ciudadanos con derecho a voto es característicamente abstencionista en nuestro país.
  • Aproximadamente otro 25% es fiel a un partido o coalición y votante activo.
  • Un 21% es preferentemente votante de bloque, y no siempre vota al mismo partido.
  • Un 26% lo forman los votantes más elásticos, son los votantes reactivos, los más afectados por la tensión electoral de cada convocatoria y con rasgos abstencionistas en elecciones de menor tracción.

Pero limitarnos al uso de la geometría en el estudio del comportamiento electoral nos situaría solo en un plano de dos dimensiones (izquierda-derecha, abstencionistas-votantes…) Necesitamos de la altimetría para representar la cota de esos conjuntos de votantes, la altura vertical de cada agrupamiento electoral. El postelectoral del CIS nos puede servir de altímetro para trazar la elevación de cada uno de los bloques (izquierda-derecha), partidos y coaliciones. Para esto usaremos, por un lado, la presión estática, que depende del peso específico del partido y de su elevación electoral y, por otro, la presión dinámica, que relaciona con la velocidad o tensión de la campaña, de los inputs recibidos por cada votante y de la densidad de información y de competencia electoral que le afecte.

Si analizamos esa altimetría del voto según el CIS podemos concluir:

 

  • A mayor tensión electoral mayor activación del votante reactivo: Uno de cada cuatro  votantes afirma que la situación y los acontecimientos de Cataluña han tenido influencia en su decisión de voto. Una tensión electoral que ha removido el tablero electoral y estirado hacia la derecha (Vox) o hacia el soberanismo (ERC) a un significativo porcentaje de votantes de bloque y ha activado una importante bolsa de votantes sin afiliación o simpatía política que han decidido ir a votar. La sobreexposición del asunto catalán ha activado claramente a este grupo de votantes.
  • Uno de cada cuatro votantes ha seguido información e inputs sobre las elecciones a través de las redes sociales. Un sistema de información líquido y veloz que carece de los elementos de control, contraste y revisión de los medios de comunicación. Como consecuencia de esto la última campaña electoral ha resultado ser más líquida y veloz que la anterior y, posiblemente, lo será menos que la siguiente. El electorado reacciona con mayor rapidez, recibe más inputs, con mayor densidad e inmediatez y de más fuentes vía Facebook, Twitter, Instagram o WhatsApp que a través de ningún otro medio o canal y, por tanto, se favorece el procesamiento heurístico de la información electoral, y la preeminencia de atajos mentales, que sobrevaloran las emociones, para resolver problemas de gran complejidad, en los actuales momentos, como pueden ser la cuestión territorial y los nacionalismos soberanistas en España.
  • La modulación de las emociones usando como vector las redes sociales puede variar la actual configuración estable de los bloques izquierda y derecha. La proporción 45/45 es la que más se ajusta al estado actual de fuerzas ideológicas. Los restantes diez puntos están ocupados por partidos periféricos de ámbito no estatal. Pero, en adelante, es probable que la batalla electoral se desplace aún más desde el clásico terreno de la competición política -con mensajes y propuestas concretas- hacia el campo de las emociones. Un electorado cada vez más sinestésico y, con ello, permeable electoralmente a determinados estímulos de carácter no estrictamente político ni electoral. Las ecuaciones de compatibilidad entre partidos de un mismo bloque ideológico pueden perder fuerza ante el avance de un simbolismo emocional sin marca política que puede desactivar, o incentivar, la participación electoral de determinados grupos de votantes. Según el CIS casi un 50% de los votantes ha percibido mucha o bastante agresividad e insultos en la campaña de las pasadas elecciones generales celebradas el 28 de abril. Como consecuencia de esta sobretensión emocional se puede hacer aún más elástico el voto de cada partido. Una situación de ductilidad electoral que hará necesario un análisis y un seguimiento continuado de los siguientes procesos electorales.

* Juan Miguel Becerra Vila es doctor en Pensamiento y Análisis Político y UPO Director de SW Demoscopia.


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