Resulta increíble que los mismos personajes –o similares– nos estén vendiendo hoy las mismas mentiras que utilizaron en 2002 para justificar una guerra en Oriente Medio sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU. Hablamos de Irán, claro.

Donald Trump ha demostrado ser un presidente peligroso. Lo es para la democracia de su país porque no entiende, o no acepta, la separación de poderes. Después de hacer todo lo posible para descarrilar el trabajo del fiscal especial Mueller, cambió al fiscal general para colocar en el puesto a un escudero que minara el efecto del informe. Ahora mantiene una guerra con la Cámara de Representantes –en manos demócratas desde el año pasado— a la que niega documentación, incluida su declaración de la renta de los últimos años.


Y es peligroso porque EEUU ha dejado de ser fiable para sus amigos y aliados, a los que desprecia en cuanto tiene ocasión. Prefiere los autócratas. Se ha pasado casi tres años quejándose de las aportaciones de Europa (empezó en la campaña) a la OTAN y ahora amenaza a la UE con represalias si acelera sus planes de crear unas Fuerzas Armadas europeas. No es fiable porque desempolva la ley Helms-Burton aprobada en la época de Reagan para castigar a las empresas que inviertan (o hayan invertido) en Cuba, algo que afecta a España. Juega a policía mundial de un mundo que no comprende.

Pero Trump es solo el rostro de un complejo político-económico-militar que defiende unos intereses globales. Siempre ha sido así desde que EEUU se convirtió en superpotencia planetaria tras la Gran Guerra en 1919. Lo era con Barack Obama y Bill Clinton, dos presidencias más amables, y con los dos Bush. Al hijo, a George W. le está pasando lo mismo que a Mariano Rajoy, que se le echa de menos. Ese es el deterioro en la calidad y la competencia de los liderazgos.

Resulta curioso porque en el ADN de EEUU está la alergia a todo poder imperial. En los últimos cien años se ha producido una lucha permanente entre ese sentimiento de isla-continente que desea replegarse sobre sí mismo y los intereses de su clase dirigente y su apetito intervencionista.

Un presidente es solo un presidente, no tiene tanto poder. Actúa dentro de un entramado que decide el rumbo de navegación. Lo vimos con Obama, desde su Yes we can al realista Yes we can not que se dejó tantas promesas e ilusiones en el camino. El problema con Trump es que no parece un presidente, un hombre que entiende el valor de su cargo, la importancia de las palabras y, sobre todo, de los silencios. Y de los gestos. La política es una colección de gestos que transmiten una solemnidad que parece estar relacionada con la infalibilidad. En esto, la Iglesia Católica es maestra. Los chinos, también.

Es un presidente peligroso porque no sabemos si todo es una gran cortina de humo. Si Venezuela e Irán son partes de un juego de distracción, u otra forma de obstrucción a la justicia. Hay analistas que están convencidos de que el objetivo del equipo de Trump al negar documentos y boicotear comparecencias en la Cámara de Representantes, que es un rechazo a su capacidad fiscalizadora del Ejecutivo, es provocar el impeachment (proceso de destitución).

Le interesa porque arrastraría toda la política a su territorio emocional, algo que afectaría a las primarías que arrancan en febrero. Y le interesa porque ganaría el envite. Los demócratas carecen de los votos necesarios en el Senado.

En esa Cámara de Representantes manda la demócrata Nancy Pelosi, una mujer muy inteligente que lleva toda la vida en política. Ella marca los tiempos y en sus planes no está el impeachment, sino desgastar al presidente para que el candidato o candidata de su partido (aún por decidir en el largo proceso de primarias) le derrote en las urnas y en el Colegio Electoral, que en EEUU la elección es indirecta. Ya habrá tiempo de escribir sobre ello.

Basta leer algunos tuits de Trump para darse cuenta de que estamos ante un narcisista que entiende como traición cualquier expresión que esté un centímetro por debajo del halago. Su salida de la Casa Blanca en enero de 2021 (cuando asuma la Presidencia el ganador de las elecciones de noviembre de 2020) es una cuestión de seguridad mundial.

¿Van en serio las amenazas a Irán y Venezuela? En el segundo caso, sí. Está relativamente cerca (4.500 kilómetros frente a los 11.600 de Irán), tiene las mayores reservas conocidas de petróleo, el Gobierno está en sus horas más bajas y existen antecedentes de intervencionismo estadounidense en la región, a la que considera su patio trasero desde el presidente Monroe. No sería una invasión, sino a través de la creación de una Contra, como en Nicaragua. También puede que todo esto tan evidente sea una bravata en espera de que las amenazas y las sanciones terminen por convencer a las Fuerzas Armadas de que lo mejor es pasarse a la oposición.

Con Irán, las palabras amenazadoras y el clima prebélico que los medios estamos ayudando a construir están por delante de los hechos. EEUU solo ha mandado un portaaviones y un sistema de defensa antimisiles. Ahora especula con la opción de enviar 120.000 soldados a la zona. Especular con una opción más o menos difusa no permite titular “envía”. También se habla de un presunto sabotaje de cuatro petroleros en el estrecho de Ormuz. ¿Cuál es la fuente? ¡Arabia Saudí! País enemigo de Irán por una cuestión religiosa (suníes versus chiíes) y de dominio regional. ¿Estamos de broma?

Encajemos las piezas. John Bolton, que fuera miembro destacado del grupo de mentirosos que fabricó las mentiras de destrucción masiva en Irak y que ejerce hoy como asesor de Seguridad Nacional, dice que EEUU ha recibido un soplo de un servicio de espionaje de que Irán prepara ataques con drones contra intereses de EEUU. ¿Nombre de ese servicio? ¡Mossad!. Ya tenemos al trío que quiere bombardear a Irán: Bolton, que nunca lo ha ocultado, Arabia Saudí (el mayor comprador de armas made in USA) e Israel, cuyo primer ministro está investigado por la justicia de su país por corrupción.

Netanyahu no pierde ocasión para explicar al mundo la peligrosidad iraní con dibujos y gráficos que recuerdan a Colin Powell en su representación de los tubitos de ántrax en el Consejo de Seguridad. No deberíamos fiarnos de un tipo como Netanyahu, quien en 2002 dijo ante un comité del Congreso de EEUU que derrocar a Sadam Husein traería paz, democracia y libertad a Oriente Medio. En el grupo de mentirosos compulsivos solo falta el hombrecillo insufrible, a quien la revista Foreign Affairs eligió como uno de los cinco peores líderes de los últimos años.

Repasemos el éxito prometido por Netanyahu con algunos enlaces.

Número de muertos en Irak: 288.000.

Número de muertos en Siria: más de 500.000.

Número de muertos en Yemen: más de 230.000.

Decía Charlie Chaplin en la película Monsieur Verdoux que la diferencia entre el asesino y el héroe es una cuestión de número, el primero mata a cinco; el segundo, a un millón.


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