¿Existe un espacio para la izquierda en el capitalismo asilvestrado de la globalización? ¿Qué es ser de izquierda en el inicio de la revolución robótica? ¿Con qué discurso se ganan las elecciones? ¿Cómo se gobierna en un espacio delimitado por los dueños de la cancha?

Una mala noticia: los dueños de la cancha son también los dueños de la pelota y de la retransmisión del partido, y en los países autoritarios, lo son de los árbitros. Pese a todo hay espacio para jugar y ganar encuentros que parecían cuesta arriba. La clave es ser útiles y que la gente lo sepa.

El hundimiento de Podemos y sus mareas gallegas, la pérdida de las llamadas alcaldías del cambio en Madrid, Barcelona y Zaragoza en las elecciones municipales del domingo, ha abierto un cisma en la fragmentada izquierda española, inclinada por historia al encono cainita, las corrientes y las peleas. Parecen somalíes, país que se divide en clanes, sub-clanes y sub-sub-clanes.

Tras el desastre, la realidad: los pactos, el cálculo. Después llegarán las consecuencias. Nada es gratis.

Con tanta división y enfrentamiento se perdió en 1939 una guerra que posiblemente nunca se hubiera ganado. Nadie aprende de la historia. Ahora se ha perdido la oportunidad de aprovechar el impulso de las elecciones generales en favor de la izquierda para gobernar ayuntamientos y comunidades. Parece poca cosa, pero en ellas están en juego la sanidad pública y la educación. Los egos no nos dejan ver los errores. La autocrítica es culpar al otro. Priman el enroque y el sectarismo.

Existen muchas izquierdas. Está la exquisita, la que se abstiene o vota suicidio presa de un entusiasmo inaudito, que antepone su conciencia y su ideología al pragmatismo y la eficacia del mal menor, que prefiere que gobierne la extrema derecha a mancharse sus dedos con una papeleta traidora. Para ellos, todo es derecha: el PSOE, Carmena, Errejón y todo lo que discrepe de su visión del mundo. Orwell les dedicó Rebelión en la granja. En este grupo de presuntos derechistas acabarán los antes santificados Syriza y su líder Alexis Tsipras, domados por el ejercicio del poder.

Se salvarían, según ellos, Jean-Luc Mélenchon en Francia y Jeremy Corbyn en el Reino Unido, un líder sin norte en el asunto del Brexit. Y Evo Morales, el último resistente.

Es una izquierda que vive más en un pasado revolucionario, que no vivieron ni padecieron, que en una realidad presidida por un capitalismo inhumano de barra libre. Les mueve más la Revolución de Octubre que la revolución ecológica que está por venir. La primera, necesaria en una sociedad feudal e injusta, derivó en un gulag injustificable. Lean Un día en la vida de Iván Denísovich.

Ese tipo de izquierda, que es minoritaria, decide alcaldías, considera que Vladímir Putin es el heredero de la URSS, y el sirio Basar el Asad, una víctima del imperialismo americano, igual que el serbio Slobodan Milosevic. Hay ciertos paralelismos con las extremas derechas. El principal, la necesidad de un enemigo exterior —sea la caverna o las cloacas— y entusiasmo por las teorías de la conspiración.

Hay una segunda izquierda socialdemócrata, que pasó de un activismo revolucionario a comienzos del XX a un liberalismo con cierto corazón social. No todas las socialdemocracias europeas son lo mismo, ni todas viven la misma crisis. En Francia, Grecia e Italia se hundieron; en España y Portugal, resisten.

Fueron esenciales en la construcción del Estado del bienestar tras la II Guerra Mundial y en la creación de lo que con el tiempo sería la UE. En los años ochenta se produjo la gran revolución conservadora de los Margaret Thatcher y Ronald Reagan, impulsada por sus círculos de poder e intereses, y se produjo una gran mudanza. La derecha democrática se convirtió en libre-mercantilista. La iniciativa privada reinó sobre el Estado, convertido en un estigma. Vuelve a suceder con Trump. En España, esa derecha ultra-liberal predica desde hace décadas la buena nueva protegida pero con sueldos públicos garantizados.

Gran parte de la socialdemocracia se mudó a un centro-izquierda liberal en el que Estado del bienestar tenía límites. Defendían reformas y modernización del Estado (despidos). La crisis de 2008, producida en parte por la liberación de los controles estatales durante la revolución conservadora de los 80, produjo una involución ultraconservadora, que es en la que estamos.

La globalización y la crisis dio poderes a los mercados que actuaron contra países y monedas díscolas, recuerden los casos de Grecia y el euro. O el de España con la famosa prima de riesgo. Esos mercados tienen más poder que los Estados y los gobiernos elegidos en las urnas.

No es una novedad, siempre fue así. Napoleón lo expresó con lucidez en Waterloo: «La mano que da siempre está por encima de la mano que recibe».

La izquierda postcomunista ocupó parte del espacio dejado por la socialdemocracia sin abandonar el margen izquierdo que cuestionaba la viabilidad del sistema. Después del hundimiento de la URSS y de sus países satélites siguieron proclamando que otro sistema era posible. ¿Cuál? ¿El chino que es ultra capitalismo?

Surgieron lo que los medios de comunicación llamaron populismo. ¿Qué es populismo? ¿Decir lo que el pueblo quiere escuchar aunque sea lo contrario de lo que se dijo ayer? ¿Hacer perfomances en el País Vasco? La irrupción masiva de los xenófobos de extrema derecha ha terminado por adueñarse del término. En España se insiste en colgárselo a Podemos, no a Vox o a Albert Rivera.

La nueva izquierda poscomunista debía encontrar un nuevo lenguaje, refrescar sus utopías y concretar unos objetivos menos ideológicos, más transversales. Los Verdes alemanes nacieron en enero de 1980. Fue la consecuencia de la confluencia de varias corrientes que procedían del movimiento antinuclear de los años 70: no a las centrales nucleares, no a los trenes de transporte de basura radioactiva. Aquellos primeros Verdes fueron asamblearios; defendían la rotación en sus cargos para evitar los hiperliderazgos, igual que el primer Podemos que surge del 15M. Pronto, Los Verdes se escindieron en dos corrientes: los realos y los utópicos. Los primeros llegaron a entrar en un gobierno con el SPD. De ahí siguieron las peleas, los egos y las divisiones. Virtudes que no son solo españolas.

En estas elecciones europeas han vuelto a lo grande. Han confirmado su fuerza en Alemania, Austria y otros países. Después de muchas revueltas ideológicas, los nuevos verdes se presentan bajo unos líderes capaces y carismáticos, y un discurso pragmático centrado en uno de los grandes retos de nuestro tiempo: el cambio climático. Lograron un 20,5%, la segunda posición detrás de la CDU/CSU de Merkel, que bajó a un 28,9%. Les apoyan los jóvenes, los mismos que se manifiestan cada viernes en medio mundo y a los que España parece dar la espalda. Son aire limpio en un política burocratizada.

La revolución ecológica y la feminista son los dos grandes motores que podrían permitir a la izquierda engancharse al tren de esta sociedad y dejarse de visiones ideológicas que a menudo funcionan como vendas en los ojos para no ver lo que sucede en Nicaragua o en la Rusia de Putin.

Es necesario volver a barajar las cartas, y los liderazgos. Aparcar los egos y las venganzas personales. Es hora de pensar en los ciudadanos. ¿No consistía todo este tinglado en garantizar su bienestar?




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