Las redes sociales, tan poco comedidas a la hora de rastrear nuestras necesidades o anhelos —basta una búsqueda en Internet para recibir un alud de ofertas y propuestas antes incluso de que la volición genere la apetencia—, muestran sin embargo un miramiento ultrapuritano cuando detectan alguna imagen explícita en sus dominios, y no solamente un desnudo inocente o procaz, tanto da el grado.

El penúltimo caso ha sido la censura en Facebook de la fotografía de los cadáveres de Óscar y Valeria, el padre y la hija salvadoreños ahogados de bruces sobre el cauce de un río cuando trataban de cruzar de México a Estados Unidos. Con lo atinados que se muestran los algoritmos a la hora de detectar negocio, cuánto limitan la expresión de algunas manifestaciones de la vida real. La misma red social que traficó con millones de datos personales, o ha albergado sin empacho la propaganda de criminales supremacistas, se escandaliza virginalmente ante la constatación gráfica de la crueldad de la política migratoria de EEUU en su frontera.

El debate es extrapolable a la publicación en los medios de imágenes demasiado duras (¿quién decide el demasiado, por cierto?): de las atroces secuencias de la guerra de Bosnia, o el genocidio de Ruanda, al cadáver del niño Alan Kurdi en una playa turca, en 2015. La polémica se repite cada poco: ¿dónde está el límite entre información y pornografía, entre aldabonazo a las conciencias y regodeo en el dolor? ¿Es ético, o lícito, hacer estética la miseria, o la tragedia, o esa belleza adormece la percepción y la conciencia del espectador? ¿Por qué pixelamos los rostros de nuestros menores pero mostramos sin empacho hasta el último trance, muerte incluida, de los del Tercer Mundo?

“Hay algo depredador en la acción de hacer una foto”, dice Susan Sontag en Sobre la fotografía. En la era de la hiperimagen, sorprende la piel tan fina de los depredadores que con sus selfis banalizan el horror de los campos nazis en Instagram —red hermana de Facebook, por cierto— mientras censuran la visión de un cuerpo ahogado.

Pero “fotografiar es conferir importancia”, subraya la escritora. Sin la publicación de imágenes de Ruanda o la carnicería del mercado de Sarajevo, la respuesta de la comunidad internacional, ya de por sí tardía e insuficiente, no habría existido. Sin el cuerpo yacente de Alan, Europa no habría reaccionado, aunque más para proteger sus fronteras de los refugiados que por verdadera conmiseración, la palabra que mejor describe el sentimiento de compartir el dolor.

La fotografía es, por su naturaleza, una manera promiscua de ver, insiste Sontag. Pretender que el mundo —su representación en imágenes— no nos salpique sería como aspirar a mantener la inocencia en una bacanal: una pose huera, como las que alimentan las redes.

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