Nuestra extrema derecha de bolsillo ha iniciado su campaña madrileña en la localidad de Paracuellos, aunque sin menciones a la Guerra Civil o a las matanzas republicanas que allí se produjeron. Su jefe de campaña, Iván Espinosa de los Monteros, esposo de la candidata, Rocío Monasterio, solo dijo, siguiendo el nuevo giro obrerista de la formación, que elegían un polígono industrial como símbolo de “la España que madruga”. Monasterio es la misma que, tras el acuerdo andaluz entre Vox y el PP, escribió en Twitter que lo firmado buscaba “luchar contra la ideología de género” y eliminar “las subvenciones a los chiringuitos ideológicos” para que los padres pudiesen “evitar que sus hijos sean adoctrinados en la ideología de género”.

Son dos sucesos a la vez simbólicos y tendenciosos, que siguen el camino trazado por la nueva derecha. La mención nada velada a uno de los fetiches del franquismo, unida a la construcción imaginaria de amenazas “hembristas”, responde al manual básico de la manipulación irracional para erigir marcos de comprensión fake que se conviertan en las lentes desde las que interpretamos el mundo. La llamada contrarrevolución iliberal consiste en eso, en proyectar fenómenos como amenazas existenciales para la familia, la moral y la nación, y si antaño la palabra “liberalismo” significó en Europa libertad, prosperidad y garantías institucionales, hoy crece la retórica que la dibuja como un peligro para nuestra existencia. No es nuevo: la reacción siempre busca restaurar un mundo que entiende subvertido, en este caso recuperar una identidad (europea o española, tanto da) que define desde posiciones nativistas.

No es azaroso que la academia que Steve Bannon quiere abrir en un monasterio italiano se describa como una “escuela de gladiadores”; o que Orbán hable de un nuevo “combate en Occidente” que se libra “en nuestras cabezas”. Se trata de eso que muchos llaman “guerras culturales”: la disputa sobre lo que significa la cultura occidental, una lucha ideológica narrada con épica del medievo que también va llegando a nuestro terruño.

Porque aunque no nos sintamos interpelados, la batalla ya está aquí, y en su corazón está la misma idea de Europa, cuyo aniversario ha pasado inadvertido. Europa solo parece interesar a los ultras, que exhiben ya una victoria no menor: la contraparte es vista como un cliché elitista. Y quizás ha llegado el momento de pensar qué estamos haciendo tan mal para proyectar esta imagen de defensa hueca en una lucha que podemos perder con contundencia. Bienvenido sea el reto, pero cuidado: el desafío no es cultural sino político, y por ahora jugamos con el lenguaje del adversario.

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