Lo supo casi todo durante muchos años y aún así respondía con la misma coletilla cuando un periodista le preguntaba qué iba a pasar en las horas siguientes. «No tengo ni puta» era su respuesta habitual para la mayoría de los plumillas con el privilegio de poder marcar su número.

Si la llamada era a la hora de la cena, Rubalcaba subía el volumen del televisor y aseguraba que estaba viendo el europeo de atletismo o un partido de la liga inglesa. Cualquier cosa. A estas alturas estoy convencido de que acercaba el teléfono a la tele para dar más presencia a la retransmisión de turno, avalando su revindicación de ignorancia. Lo hacía con tanta naturalidad que muchas veces lo he imaginado en batín, abriendo la segunda cerveza y dando cuenta de unas aceitunas.

Al día siguiente de esas conversaciones casi siempre pasaban cosas: un gran pacto parlamentario, un nuevo Estatut para Catalunya, una crisis de Gobierno, una operación contra ETA, la abdicación del rey o su propia dimisión. Durante las vísperas de cualquier hecho histórico en la España de las últimas décadas, en el salón de Alfredo y Pilar en la tele daban deportes y a uno solo se le ocurría preguntarse cada cuánto hay europeos de atletismo y cómo puede este hombre no tener nunca idea de nada.

Un día me dijo: «Si no piensas en las cosas que debes callar, las callarás porque es como si no las supieses». Para tratarse de uno de los ministros de Interior que encaró algunos de los momentos más duros en la lucha contra ETA, la estrategia parecía perfecta.

En el Congreso de los Diputados se movió con similar sigilo. Casi nunca salía al patio, ese lugar en donde los periodistas esperan que el tabaquismo de los parlamentarios ofrezca conversaciones y tal vez alguna noticia. Como me recuerda la periodista Esther Palomera, «las pocas veces que se dejaba ver por allí salía haciendo como que hablaba por el móvil y siempre llevaba prisa».

Le he visto enfadado alguna vez, casi siempre por la publicación de alguna noticia sin su control relacionada con ETA. En esas ocasiones elevaba la voz y decía cosas como «no sabéis lo que estáis haciendo», «acabáis de reventar una operación importantísima», «estáis poniendo la lucha contra ETA en la casilla de salida». Eran momentos de exageración que venían seguidos de un castigo telefónico: durante semanas ya no atendía tus llamadas, pero al cabo de un tiempo todo volvía a la normalidad: al «ni puta» y al sonido de retransmisiones deportivas en segundo plano a la hora de la cena.

Últimamente también se enfadaba con su partido y con Pedro Sánchez, aunque lo vivía todo con más distancia: «Hay cosas que ya no podemos entender, sencillamente porque corresponden a un tiempo nuevo», decía a sus amigos. Le molestó que la biografía del presidente diese por buena la teoría de que su dimisión como secretario general del PSOE respondió a una orden de Susana Díaz pidiendo paso. Frente a esa teoría, él aseguraba que decidió marcharse tras el fracaso electoral de 2014 pero que esperó a que el rey Juan Carlos I abdicase antes de abrir un nuevo tiempo de incertidumbre en el, por entonces, segundo partido a nivel del Estado.

Tras dejar la política, Rubalcaba volvió a la universidad, el lugar donde conoció el activismo en los últimos años de Franco al frente del movimiento de los llamados profesores no numerarios (PNN). «Nunca pudimos imaginar que esa dedicación exclusiva, a la que llegamos interrumpiendo nuestras carreras profesionales en la universidad, iba a durar treinta años» aseguró en el obituario que le dedicó a un compañero de partido hace unos meses.

«Estoy en prácticas de laboratorio. Puedo hablar con calma», me dijo una de las últimas veces que hablamos. Durante la charla me interrumpió para advertir a uno de sus alumnos de que no mezclase alguna sustancia con nosequé reactivo: «No queremos saltar por los aires», le reprendió. Me sonó a cuando subía la tele, a su escenografía sonora al otro lado de un teléfono, a su manejo de un aparato que dejó de estar conectado el pasado miércoles a las 14.33.




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