La confusión conceptual entre politizar y partidizar, a propósito de la presencia de Ciudadanos en la Marcha del Orgullo, ha alcanzado su apogeo. Los medios dominantes y algunos políticos afirmaron que éste era “el Orgullo más político de los últimos años” o que “los convocantes politizaron el Orgullo”.

Estos usos asimilan politizar a partidizar, connotando sectarismo e intolerancia. ¿De dónde proviene esta sinonimia? En términos generales, de la identificación  de la política con el Estado, como si sólo fuera político lo que hacen el Estado y los partidos políticos. Según ese criterio, cuando Rosa Parks utilizó el asiento exclusivo para blancos no habría producido un hecho político, sino uno privado-individual. El gesto de Parks fue político porque con él afirmó —al menos— que todos somos iguales, que el racismo es antidemocrático y que tenemos derecho a la desobediencia civil. Su gesto no podía ser individual-privado porque proponía un orden político. Politizaba, sí, porque revelaba que las relaciones en un lugar aparentemente no político e irrelevante como un autobús son parte del orden social.

La reivindicación de los derechos LGTBI no puede ser hoy politizada en España porque su carácter político ha sido revelado ya hace décadas. Y la gran mayoría de la sociedad acepta y apoya esa demanda. Pero esto encierra una paradoja y un riesgo político. Cuando una reivindicación se vuelve tan aceptada tiende a olvidarse que es fruto de una lucha histórica contra, en este caso, la LGTBIfobia. Esa aprobación general da pie a que se vea como lógico, tolerante y parte de la libertad que todas las organizaciones puedan participar como tales en una marcha como la de Orgullo. Como si ésta no tuviera unos organizadores y unas reivindicaciones concretas que algunos apoyan y otros combaten.

El sentido de estas marchas —en especial la del Orgullo de este año— es recordar aquellas luchas y que estas reivindicaciones, aunque muy aceptadas, todavía tienen contrincantes. Lo que ha ocurrido en España en los últimos años es que Vox ha roto ese amplio consenso. Y por lo tanto ese partido y sus aliados —pactando de modo vergonzante y sin coraje político como Ciudadanos, o no— hacen saltar las alarmas.

La pretensión de Ciudadanos de pactar con Vox y a la vez presentarse como un defensor de los derechos LGTBI resulta profundamente antidemocrática, porque no acepta que hay posiciones encontradas, conflictivas, incompatibles.

Pero hay algo más. Pese a no firmar el documento que los convocantes exigen a las entidades que quieren participar, que incluye el compromiso de no valerse de partidos de extrema derecha para gobernar, los organizadores —en una muestra de pluralismo— le dieron a Ciudadanos un lugar en la marcha, si bien no una carroza. Esta presencia, a diferencia de cuando Cs no pactaba con partidos de extrema derecha, fue resistida —en algunos casos de modo excesivo, pero no grave, según la Policía— por algunos pocos asistentes. En lugar de proceder políticamente e interpretar con madurez y sobriedad el sentido profundo de ese veredicto acerca de sus posiciones, Ciudadanos buscó un protagonismo adolescente. Y no tuvo mejor idea que autodeclararse víctima de “los fascistas de toda la vida en el contexto de un colectivo históricamente perseguido y oprimido por el fascismo.

Ciudadanos sí buscó partidizar un hecho ya felizmente politizado, precisamente para quitarle contenido específico a las reivindicaciones LGTBI. Afirmar que abuchear e incluso arrojar líquido o una botella de plástico vacía a alguien es fascismo no sólo es banalizar ese fenómeno histórico y presente, sino que implica una nueva violencia simbólica sobre los manifestantes (y no solo) al negar la especificidad de su opresión.

Esta superficialidad despolitiza porque iguala todos los daños y todas las violencias. Si todo es lo mismo, nada es específico: el origen del rechazo a Ciudadanos no es ni más ni menos que su insensibilidad respecto de las reivindicaciones LGTBI, iniciada con sus pactos a escondidas con Vox y confirmada con su afán de protagonismo en la Marcha del Orgullo de este año.

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Javier Franzé es profesor de Teoría Política en Universidad Complutense de Madrid.


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