Para imaginarse cómo trataban a una mujer científica en los años 60 en España, valga la afirmación de Margarita Salas de que “Severo Ochoa la trató como una persona”. No hay sitio en este párrafo para enumerar todos los reconocimientos de esta bioquímica española —el más reciente, el Premio al Inventor Europeo de 2019, por partida doble en las categorías de logro de una vida y también la del premio popular— que hoy tiene 80 años y sigue yendo a diario a su laboratorio en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Allí, una mañana de verano, varias personas van de aquí para allá con tubitos sorteando nuestros trastos mientras hablamos con esta científica que, además, es integrante de la Real Academia de la Lengua. Licenciada por la Universidad Complutense de Madrid, trabajó varios años en EE UU y luego impulsó la investigación en el campo de la bioquímica y de la biología molecular en España. Un campo al que espera poder seguir contribuyendo con su trabajo. Porque no quiere parar. De no estar trabajando, dice, se dedicaría a ir a museos y escuchar a Beethoven, Mozart o Bach. Pero cree que se aburriría.

Se le pregunta casi en exclusiva por su pasado, y no es para menos. Pero empecemos al revés. Usted sigue viniendo aquí todos los días. ¿Qué le queda por hacer como científica después de una vida entera dedicada a la ciencia?
Me gusta el trabajo y lo que espero es poder seguir trabajando hasta que pueda y me dejen. Porque una vez que uno se jubila, para poder seguir trabajando te tienen que dar un permiso especial. Yo tengo el nombramiento de profesora ad honorem del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y, gracias a ese nombramiento puedo seguir trabajando, que es lo que me gustaría seguir haciendo.

Usted se queja de que no le dejan trabajar por su edad…
Bueno, me dejan porque me dan permiso, pero depende del CSIC el que me nombren o no profesora ad honorem. Tengo el nombramiento hasta finales de 2021, con lo cual, por lo menos hasta esa fecha, puedo seguir trabajando.

¿Qué ocurre aquí cada día, en este laboratorio?
El trabajo son los mecanismos de duplicación del material genético, sobre todo con la ADNpolimerasa, que produce el virus bacteriano PHI29 con defecto a la bacteria que se llama bacilo sutilis. Esta ADNpolimerasa tiene propiedades fantásticas desde el punto de vista biotecnológico para la amplificación del ADN. En su día, esta ADNpolimerasa la patentamos y la licencia de explotación la obtuvo una empresa americana con muy buenos resultados tanto biotecnológicos como económicos.

De esa patente se puede decir que ha sido muy rentable tanto para este instituto como para el equipo que trabajó en ella. Cuando se pone en marcha una investigación, ¿hay que pensar en términos de rentabilidad económica?
No. Nosotros cuando empezamos a trabajar con el virus PHI29 no teníamos ni idea de que esto podía dar lugar a algo con rentabilidad económica. Nosotros trabajamos con este virus desde el punto de vista molecular, es decir, para conocerlo a nivel molecular, pero tuvimos la suerte de que este virus induce una ADNpolimerasa con propiedades fantásticas que la hicieron muy adecuada para su uso tecnológico.

¿Qué es y para qué sirve?
La ADNpolimerasa es la enzima que duplica el material genético. Partiendo de cantidades muy pequeñas de ADN, produce millones de copias de este ADN. Entonces, se puede usar en análisis genéticos, en criminología, en análisis arqueológicos con muestras antiguas… para que, partiendo de cantidades mínimas de ADN, se puedan amplificar y producir millones de copias para su posterior análisis.

Usted ha dicho que Severo Ochoa la trató como una científica y no como una mujer. ¿Cómo era ser tratada como una mujer?
Cuando yo empecé la tesis doctoral, en el año 1961, se consideraba que las mujeres no teníamos capacidad para hacer investigación y así se me trataba a mí. Yo era discriminada, era invisible. Lo que hacía no tenía importancia y me sentía muy discriminada durante la tesis. Luego, cuando fui a Nueva York para hacer una estancia posdoctoral con Severo Ochoa, él me trató como persona, independientemente de que fuese mujer.

Pese a esa discriminación expresa, usted no se dio por vencida. ¿Cómo reaccionaba a ese trato y esos comentarios?
Mi reacción era de bastante enfado por este tratamiento. Yo no me conformaba, pero era la época y en España eran las cosas así y lo sufría, a disgusto, por supuesto.

Ese trato, ¿ha desaparecido a día de hoy?
Sí, creo que en este momento ya se considera que la mujer está tan capacitada como el hombre para hacer investigación, e incluso en nuestros laboratorios hay más mujeres que hombres realizando su tesis doctoral, empezando su carrera investigadora.

Las mujeres que hay en este laboratorio y en este instituto, ¿tienen las mismas oportunidades que sus compañeros?
Absolutamente, dependen de su expediente académico para conseguir o no un contrato de investigación y para hacer la tesis doctoral. Que yo sepa, no hay ninguna discriminación.

Pese a la aparente igualdad, un dato compartido por usted misma en una conferencia reciente es que un 53% de las alumnas universitarias son mujeres pero ellas están solo en un 14% de las cátedras. ¿Cómo se explica esto en un contexto de igualdad formal?
Se explica porque el acceso a los puestos altos lleva años. Las mujeres hemos empezado tarde, y si la mujer ha empezado hace pocos años tardará un tiempo en alcanzar posiciones de liderazgo. Yo preveo que, si la mujer sigue trabajando desde el punto de vista profesional en el mundo de la ciencia, ocupará en un futuro no muy lejano el puesto que le corresponda a su capacidad de trabajo.

Ha dicho que no le gusta el feminismo de cuotas. ¿Hay un feminismo que sí le guste?
No me parece mal que en los jurados haya paridad cuando se va a seleccionar un candidato, no está mal que se oiga tanto a los hombres como a las mujeres… Ese tipo de discriminación positiva sí me parece bien. Lo que no me parece bien es que haya una cuota en empresas o consejos de administración y que necesariamente tenga que ir un porcentaje de mujeres. Creo que la sociedad tiene que mentalizarse de que existen mujeres y de que ellas tienen tanto derecho como los hombres a conseguir un puesto si valen.

La veo confiada en que el esfuerzo, el trabajo, la capacidad, son suficientes para acabar con las brechas. No pienso solo en las de género sino también en brechas económicas. Sin intervenir, ¿se pueden romper brechas?
Creo que sí. Quizá esta brecha cueste más trabajo pero se va a solucionar porque las mujeres han irrumpido y están en todas las partes de la sociedad, no solo en la investigación, y van a seguir adelante y van a obtener puestos de responsabilidad eventualmente.

Denos la oportunidad de poner nombres de mujeres científicas negro sobre blanco. ¿Quién le inspira?
Para mí un referente muy importante es una investigadora que murió hace unos años, a los 103. Se llamaba Rita Levi-Montalcini, obtuvo el premio Nobel. Era italiana pero trabajó en EE UU y el premio Nobel lo consiguió estando allí. Después volvió a Italia y, cuando tenía 100 años, la hicieron doctor honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid. En una entrevista que le hicieron decía que seguía yendo todos los días al laboratorio. Ella decía que lo importante no es no tener arrugas en la cara sino no tener arrugas en el cerebro. Para mí, ha sido una inspiración, un modelo, y yo a veces digo que cuando sea mayor quiero ser como Rita Levi-Montalcini.

¡Va por el buen camino!
Vamos a ver.

Un país sin investigación es un país sin desarrollo. Cuando volvió de EE UU, España era un desierto en la investigación, era anecdótica. Eso ha cambiado pero, ¿qué queda por mejorar?
Cuando volví de EE UU en España no había dinero para hacer investigación. Yo pude trabajar aquí, en España, porque nos trajimos una ayuda de EE UU para poder trabajar cinco años. Después, empezó a haber ayudas y la situación, desde el punto de vista de la calidad, es buena: en España se hace buena investigación. Pero la cantidad es muy mala. No es que no haya dinero, como ocurría cuando yo volví, pero hay muy poco. Estamos a la cola de la Unión Europea en financiación de investigación; es decir, hace falta aumentar considerablemente nuestra financiación porque estamos bajo mínimos. Un dato dice que España ocupa el noveno lugar desde el punto de vista de la producción científica, pero el número treinta en financiación de la investigación.

¿Con poco dinero se hacen unas pocas buenas cosas?
Sí, yo siempre digo que en España hacemos milagros porque con muy poco dinero se hace una investigación bastante razonable, incluso buena.

¿En su laboratorio se hacen milagros?
Procuramos hacerlos, nos defendemos con el poco dinero que nos dan.

¿Qué le atrae de la investigación?
Para mí es una pasión, yo no sabría vivir sin estar todos los días aquí, no me veo fuera de este mundo. Me aburriría.

¿Qué estaría haciendo?
Leer, oír música, ir a museos… pero evidentemente lo que más me gusta es la investigación.

De todos los premios y reconocimientos que ha obtenido a lo largo de su carrera, ¿cuál es el más significativo para usted?
Uno importante fue el Premio Nacional de Investigación Santiago Ramón y Cajal, que premia el trabajo de toda una vida en la investigación. Y un nombramiento que me produjo mucha ilusión fue cuando me nombraron miembro de la Real Academia de la Lengua Española, porque era algo que no esperaba y realmente me produjo mucha satisfacción. Voy todos los jueves allí y paso prácticamente todo el día. Por la mañana tenemos una comisión en la que vemos los términos que se ven en las distintas comisiones, y por la tarde hay diferentes comisiones: yo estoy en la de vocabulario científico y técnico. Vemos palabras, revisamos las que hay, eliminamos alguna que nos parece obsoleta, tratamos de traducir términos ingleses lo mejor posible al español y, a última hora del jueves, tenemos el pleno.

Por ejemplo, de qué termino del diccionario es usted responsable…
Hace algún tiempo vimos fue pen drive. A mí me llamó la atención en su día cuando, desde el Ministerio de Hacienda, el ministro Solbes salió en la televisión diciendo que “en este pen drive están los presupuestos del año que viene”. Entonces ya se había popularizado y todo el mundo decía pen drive, pero lo tradujimos como “lápiz de memoria” o “memoria USB”. La gente dice pen o pincho, pero la traducción está hecha…

Ser madre y científica… ¿cómo se lleva o cómo se llevaba?
Tiene sus inconvenientes. Hay que compaginar y la mujer lo tiene más difícil que el hombre porque, si quiere ser madre, hay un época en la que tiene que parar la investigación y la sociedad no ayuda demasiado a que se sea profesional y madre. Esto no ocurre solo en ciencia, aunque en ciencia hay que tener una dedicación 100%.Pero se puede hacer, y hay que hacerlo.

¿Usted hizo ese paréntesis?
Yo no frené, tuve a mi hija y a los diez días estaba en el laboratorio. Tuve la suerte de que contaba en casa con una persona que había sido mi niñera y después fue la de mi hija, lo tenía fácil.

Entre sus méritos está el de haber conseguido que una investigación haya sido rentable en términos económicos. ¿Cómo de rentable?
La patente nuestra dio seis millones y pico de euros y se distribuye de forma que un tercio va al propietario de la patente —que en mi caso es el CSIC—, otro tercio a los inventores —que somos cuatro personas— y del otro tercio viene el 60% a mi laboratorio y el 40% al centro donde trabajo, el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa. Gracias a esa patente y al dinero que ha venido al laboratorio, he tenido posibilidad de hacer cosas que de otra forma hubiera sido difícil.

Por cierto, usted es marquesa. ¿Por qué y qué implica?
A mí me nombró marquesa el rey Juan Carlos y es muy de agradecer, pero realmente no uso el título. No ejerzo, y no me da trabajo ni beneficio.


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