Desde principios de diciembre y hasta bien entrado febrero tuvimos en Donostia una noria de 30 metros en pleno centro de la ciudad. Un periodista recordaba que, sumado el aparato a la iluminación navideña de las calles y a la de la fachada del Ayuntamiento, aquello parecía un Moulin Rouge cutre. El teniente de alcalde socialista (las manitas por las que ha pasado el parque temático en el que vamos camino de convertirnos) justificaba haber multiplicado por seis el gasto en iluminación navideña diciendo que en invierno hay más intentos de suicidio y depresiones. La ciudad que lucha contra el cambio climático, etc, etc.

La llegada de Borja Sémper a la candidatura del PP para la Alcaldía de Donostia, donde lleva viviendo 16 años, traza un par de lógicas. La primera, la que le opondría, como opción sensata a esa excrecencia que le ha salido al PP y que lidera, no tan curiosamente, otro vasco, ex popular, también divorciado y de la misma generación, la que vivió la violencia en carne propia siendo muy joven. La segunda lógica, la propia de la ciudad, es la que hace que Sémper se ajuste como un guante a ese escenario que comentábamos arriba: uno de luces y norias donde se quita la sigla no porque esté contaminada (que también), sino porque, realmente, no importa demasiado. Amigo personal de Mikel Erentxun (por aquello de las gaviotas, imaginamos), como recordaba un exedil del PP de Irun (de donde es nuestro protagonista), el votante guipuzcoano del PP “votó dos veces a Borja Sémper para que fuera diputado en el Congreso, en diciembre de 2015 y junio de 2016. También en 2016, en septiembre, volvió a votarle, esta vez para el Parlamento Vasco y en unos meses le votará para que sea concejal de San Sebastián. Cuatro veces ha ido a votar en cuatro años y cuatro veces ha votado a la misma persona”.

Su principal valor, desde luego, es no formar parte (al menos de momento) del reparto de pan PNV-PSE, con las correspondientes migas que se esparcen en este territorio

Borja Sémper es todo en el PP guipuzcoano porque ahora mismo el PP guipuzcoano —recordemos, un PP, como en el resto de la CAV, sin representación de ningún tipo en Madrid— es, básicamente él. Y ya. Y lo mismo se te pone a hacer surf que sale con Alfonso Alonso junto a dos coches —en uno de los cuales pone Desguaces Ribera— y, pronosticamos aquí algunos, quizá acabe la campaña en un rocódromo. El riesgo de acabar convertido en un Miguel Ángel Revilla de la vida (pero en plan ADE+Derecho) es alto.

Con todo, a decir verdad, los restos del naufragio casan muy bien con lo que consideraríamos el donostiarra medio-alto (una proporción de la población nada despreciable, no se crean). Ropa de Loreak Mendian los fines de semana para parecer desenfadado, sí al euskera porque lo estoy aprendiendo —su emparentamiento con una de las dinastías euskaldunes de las artes escénicas ha favorecido este cambio de actitud; todavía nos acordamos de cuando había que tirar de Carlos Iturgaiz para encontrarte a alguien del PP que supiera euskera y que diera declaraciones a los medios… y bueno, de aquella manera—, preocupación por la vivienda para los jóvenes (pero si se van a vivir a Astigarraga no pasa nada), y hay que construir muuuuchos pisos, el turismo que sea sostenible, cohousing-coliving (en serio, todos los partidos hablan de cohousing, lo mismo Podemos que el PNV)… Si repaso las entrevistas a candidatos son un calco, pero los alquileres no dejan de subir y los propietarios ven en sus viviendas un auténtico plan de pensiones, y, ojo, eso que nadie se lo quite: ese es el sentido común donostiarra. Y los críos a la concertada.

Vivo en una ciudad sin oposición y Borja Sémper es un buen representante de eso. Como las siglas no puede enseñarlas ahora mismo, tiramos de marca personal. Un Justin Trudeau municipal. El mejor candidato para seguir siendo la misma ciudad de inercias que conocemos desde, por lo menos, la primera legislatura de los 20 años que por aquí estuvo Odón Elorza.

Hasta aquí el eje local, pero no nos olvidemos qué pieza del puzle representa Sémper en el eje estatal, en el intento de reflotar, quizá desde la cercanía, un PP en horas tan bajas como yo no he conocido. De cuando en cuando la formación de la gaviota-charrán-corazón con bandera de España recupera la figura del verso suelto. Pasó con Gallardón, pasó con Cifuentes (Sémper, como la señora de las cremas Olay, también tiene tatuajes), y se les pone ad hoc un colchoncito mediático porque lo de reflotar la marca PP desde Génova, ahora mismo, no es la mejor idea.

No se puede explicar de otra manera la amplia presencia de Sémper en medios de comunicación a nivel estatal, cuando el PP es la cuarta fuerza del ayuntamiento (tres concejales de 27, y las encuestas pronostican la pérdida de uno) de una ciudad que no llega a los 200.000 habitantes. “No escondo la sigla, lo que quiero decir es que soy más que esa sigla”, comenta en las entrevistas nuestro hombre. Pero bueno, ya sabemos también cómo han terminado los versos sueltos —los que se postulan contra la secta— del PP. Conocemos también esa bifurcación que se da entre personas que han padecido la violencia en Euskadi dependiendo de si su destino ha terminado siendo o no la capital de España.

Ocurre con el propio Sémper o con Chema Herzog, quien fuera concejal en el peor sitio del mundo para ser concejal del PP: los que se quedan, acaban convirtiéndose en moderados, hay quien dirá tibios. Los que van para la Villa y Corte, se radicalizan hasta el punto de salir del PP (Abascal como muestra). Es curioso porque se suele decir que es la distancia la que permite fotografías más nítidas de lo que vivimos, pero parece como si Génova —y no la situación de violencia— hubiera sido la que dispusiera el relato exacto que había que esgrimir para prosperar.

Ahora parece que es el relato correcto sobre el tema catalán —en sustitución del vasco— el que amplía o reduce trayectorias, el que premia con puestazos o castiga con concejalías de medio pelo. El caso es que si Sémper hubiera hecho aquel viaje al Congreso de los Diputados metiéndose de lleno en la política estatal, nunca hubiera terminado convertido en alcaldable donostiarra.

En una época en la que Gipuzkoa se está vizcainizando electoralmente (esto es, yéndonos hacia el 50% del voto de sociedad envejecida al PNV, nuestro PRI particular), con EH Bildu a un tris de la Alcaldía de Vitoria (quién lo hubiera dicho hasta hace nada) y en la que hasta las zonas de más postín (Neguri, Ondarreta) que antes aparecían azules en los mapas viran no tan tímidamente hacia el verde oscuro, la verdad es que este apuesto caballero tiene un encaje harto complicado. Le queda salvar ligeramente los muebles con cierto trabajo municipal, un área que ya conoce de su etapa en la ciudad del Bidasoa y probablemente pasar sin pena ni gloria por la corporación donostiarra hasta que haya que apagar fuegos en otro sitio. Su principal valor, desde luego, es no formar parte (al menos de momento) del reparto de pan PNV-PSE, con las correspondientes migas que se esparcen en este territorio. Ya veremos qué pasa si es que le necesitan.


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