Es muy difícil decir adiós a Alfredo. Lo es no solo por lo inesperado y abrupto de su fallecimiento, sino ante todo por el inmenso dolor que causa. A la hora de escribir estas líneas pesan en mí las sensaciones más intensas que se pueden tener: el sentido de la amistad, el trabajo compartido, los ideales, el afán por defender a tu país…

En este adiós debemos honrar una trayectoria de entrega auténtica al servicio de España. Es casi unánime reconocer a Rubalcaba como un hombre de Estado. Un hombre de Estado, o más bien, por su permanente capacidad de acción y de compromiso, en defensa del Estado, en defensa de la democracia. Pocos españoles –y él lo era de una pieza– han servido tanto y con tanto acierto a esa noble tarea que es la política, la política así concebida. Y es que quizá ningún político en la España democrática haya sido tan imprescindible como Rubalcaba.

Fue imprescindible en los gobiernos de Felipe y lo fue en los ejecutivos que tuve el honor de presidir. Fue imprescindible en la tarea de oposición, en la tarea de producir pactos, y en la de fraguar proyectos y programas políticos. Siempre con rigor, siempre con lucidez.

Y fue, en particular, imprescindible y decisivo para el fin del terrorismo en España. Creo que quien escribe estas líneas lo sabe como nadie. En estas horas se me agolpan los recuerdos más personales de esa batalla librada por el fin de ETA. Cuántas noches compartidas de insomnio, de tensión, cuando no de angustia… y el dolor seco ante los atentados, y el esfuerzo por tener la máxima cercanía a las víctimas. Alfredo dirigió con un gran liderazgo y eficacia a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a nuestra Policía y Guardia Civil, a quienes siempre defendió y apoyó con toda su determinación.

Mi gratitud a su tarea es inmensa. Tan inmensa, tan plena, como lo fue su entrega a la vida pública. Sus grandes aciertos fueron reflejo de sus cualidades personales. Alfredo llevaba su poderosa inteligencia en su rostro, en sus gestos, en su mirada incisiva y tantas veces cómplice. Y en sus manos, su capacidad pedagógica, la que le convertía en un parlamentario brillante, en un portavoz muy difícilmente batible, que procesaba la información y las respuestas con una rapidez inusual. Era tan difícil vencerle en un debate como burlarle en una negociación.

Militante socialista, compañero de sus compañeros y amigo de sus amigos, fue un hombre honesto e íntegro. También es éste uno de sus mejores legados.

Y fue nuestro secretario general, el secretario general de los socialistas, en un momento difícil que merece reconocimiento. Cuando se fue, lo hizo ligero de equipaje, regresando a otra de sus pasiones, la docencia. Pero Alfredo seguía siempre ahí, siempre dispuesto a compartir una enjundiosa conversación, con un café largo y los recuerdos de lo vivido sobre la mesa, proyectando su habitual sagacidad y el distanciamiento irónico con el que las personas inteligentes saben relativizar lo que pasa, lo que nos pasa.

En este momento tan desconcertante y doloroso, de frustración y de pena, tengo sobre todo muy presente a ese Alfredo amigo, ameno, listo y culto. Si, como creo, las naciones que se respetan a sí mismas saben reconocen a sus mejores compatriotas, ésta es una ocasión inmejorable para demostrar cuánto nos respetamos reconociendo la figura de Alfredo Pérez Rubalcaba.

Se nos acaba de ir y con él tantas cosas.

Con todo el afecto a Pilar y a tu familia, sabremos recordarte y honrarte, compañero.

 

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José Luis Rodríguez Zapatero fue presidente del Gobierno de España entre abril de 2004 y diciembre de 2011.


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